sábado, 29 de junio de 2013

Elba Bertoni - La Transposición Didáctica

Un campo de reflexión con múltiples posibilidades para la docencia 
 “... la tarea más difícil es poner la cultura científica en estado de movilización permanente, reemplazar el saber cerrado y estático por un conocimiento abierto y dinámico, dialectizar todas las variables experimentales, dar finalmente a la razón motivos para evolucionar.” (Bachelard: p.21). 
 A  partir  de  la  década  de  los  ochenta  se  empieza  a  cuestionar  la  relación  didáctica “docente – alumno”, “enseñante – enseñado” para introducir un tercer elemento, un tanto  dejado  de  lado  hasta  ese  momento,  el  saber.  Se  constituye,  así,  la  tríada “docente  –  alumno  –  saber”  conformando  lo  que  ha  sido  denominado  “el  sistema didáctico”.  Como  centro  de  reflexiones  viene  a  constituirse  en  una  teoría  cuyo objetivo  inicial  fue  clarificar  –  explicar  los  múltiples  problemas  que  plantea  la enseñanza de las matemáticas. Emerge en el seno del IREM (Instituto de investigación de la enseñanza de las matemáticas) Francia, con Chevallard, Brousseau, Vergnaud y otros teóricos que impulsan la investigación acerca de lo que constituye el núcleo de problemas que presenta la enseñanza de esta área del conocimiento: la transposición didáctica del objeto matemático. 
 Esta preocupación, aún vigente, lleva a explorar las relaciones entre la epistemología de  la  disciplina  a  ser  enseñada  y  la  de  la  didáctica,  aspectos  que  se  orientan  hacia una  reconsideración  del  estatuto  científico  de  la  Didáctica  como  teoría  de  la enseñanza,  en  la  medida  que  ve  ampliado  y  fortalecido  su  campo  de  trabajo.  Un problema  específico  de  un  sector  del  saber  (didáctica  especial  de  las  matemáticas) da pie para investigaciones que inciden en una reelaboración del objeto general de la propia disciplina, la Didáctica General. Hoy la cuestión de la transposición didáctica es una cuestión clave de la Didáctica cualquiera sea el objeto de enseñanza, se trate de contenidos de las Ciencias denominadas “duras” como de las Ciencias sociales.
Nos  interesa  plantear  aquí  los  aspectos  que  atañen  al  concepto  mismo  de transposición didáctica, sus relaciones con el saber académico y con los saberes que se  enfrentan,  interactúan  y  evolucionan  en  los  procesos  educativos  que  se  llevan  a cabo en el aula, para luego analizar las transformaciones que sufren dichos saberes–conocimientos  en  función  del  objetivo  que  cumplen:  el  ser  objeto  de  conocimiento por parte de un grupo de aprendizaje (el  qué de la enseñanza y del aprendizaje).  Las preguntas: ¿qué conocimientos o simplemente saberes circulan, se promueven o bloquean  en  el  aula?;  ¿cuál  es  el  contenido  de  esas  comunicaciones?;  ¿qué  relación tiene  con  el  contenido  disciplinar?;  ¿y  con  los  saberes  e  intereses  del  grupo  de aprendizaje?;  ¿qué  papel  juega  la  descontextualización  del  conocimiento  en  los procesos  de  enseñanza?;  ¿qué  incidencia  tiene  este  aspecto  para  el  aprendizaje?; todas  nos  conducen  al  centro  de  la  cuestión  didáctica  y  serán  objeto  directo  o indirecto  de  nuestras  reflexiones.  Estas  interrogantes  y  otras  emergentes  podrían resumirse en una de carácter más general que las engloba: ¿de qué naturaleza es el conocimiento  que  circula  en  el  aula  y  cuál  es  su  valor  educativo  y  epistemológico?
Intentaremos centrar nuestro objetivo en esta cuestión.
Un  esquema  del  triángulo  pedagógico,  “sistema  didáctico”  para  Chevallard,  nos ayudará a visualizar la problemática en la que se entrecruzan cuestiones de diverso orden  en  un  proceso  recursivo  que  se  retroalimenta  como  sistema  abierto  a  un contexto institucional y social particulares.
En la compleja problemática que nos ocupa  podríamos decir que las interrelaciones (1)  tienen  que  ver  fundamentalmente  con  la  educación  denominada  informal:  el sujeto  de  aprendizaje  por  su  cuenta  accede  a  las  fuentes  del  conocimiento (aprendizaje  autónomo);  el  número  (3)  señala  las  relaciones  que  el  educador establece con el conocimiento a fin de cumplir con su rol, (nos remite al tema de la formación de los enseñantes). Las relaciones indicadas con el número (2), propias de la  educación  formal,  nos  llevan  al  análisis  de  los  vínculos  profesor  –  alumno mediatizados  por  el  conocimiento,  objeto  de  la  enseñanza.  El  problema  de  la transposición  didáctica  y  de  la  denominada  vigilancia  epistemológica  que abordaremos se plantea en la articulación de los ejes 2 y 3.




                                


Es  importante  señalar  que  el  esquema  nos  introduce  en  una  visión  simplificada  y estática del  hecho educativo que por naturaleza es complejo y dinámico como todo hecho  social.  Veremos  que  el  análisis  de  uno  de  los  polos  del  triángulo necesariamente  nos  remitirá  al  de  los  otros.  Lo  usaremos  simplemente  como  un recurso gráfico para ordenar nuestra exposición acerca de los dos planos a tratar: el epistemológico y el pedagógico-didáctico. 
Trataremos  de  reflexionar  sobre  las  preguntas  que  directamente  atañen  a  la transposición  de  los  saberes  que  hace  el  docente  en  el  aula  a  sabiendas  que  el abordaje de las cuestiones epistemológicas nos remite necesariamente a las de orden pedagógico y viceversa. La intención es abrir una serie de aspectos al análisis de los docentes  como  instrumento  para  intentar,  a  partir  de  ahí,  una  reelaboración  de  la propuesta didáctica que muchas veces se lleva a la práctica de una manera un tanto intuitiva.

LOS SABERES.
 Si centramos nuestra reflexión en los saberes que se intercambian entre los actores del  proceso  educativo  podemos  diferenciar:  el  saber  del  alumno,  el  saber  a  ser enseñado  (saber  curricular),  el  saber  didactizado  por  el  docente  y  el  saber académico. Caracteres distintos los diferencian en relación a la función que cumplen en el proceso de transmisión cultural que se encuentra implícito en toda enseñanza.
El  saber  del  alumno  tiene  que  ver  con  el  polo  psicológico  y  ha  sido  y  es  objeto  de estudio  de  la  psicología  cognitiva.  La  psicología  genética  y  los  estudios  de  Vigotsky han  aportado  elementos  que  nos  permiten  caracterizar  los  saberes  que  poseen  los estudiantes cuando llegan al aula.  Es un saber producto de las percepciones primarias y experiencias directas del sujeto sobre  la  realidad,  basado  en  el  sentido  común  está  impregnado  de  valoraciones  y creencias  sociales,  sin  mayor  crítica  o  cuestionamiento  alguno.  Este  saber  de carácter intuitivo adquiere su validez de la utilidad que presta al sujeto para resolver los asuntos de la vida cotidiana. Se diferencia del saber académico no solo en cuanto a  su  naturaleza  y  génesis  sino  también  en  el  sentido  de  que  desconoce  las  reglas  y normas que regulan el conocimiento científico, artístico o tecnológico.
 Investigaciones recientes han demostrado que este saber no es caótico ni meramente acumulativo  sino,  por  el  contrario,  está  organizado  en  “verdaderas  teorías”  que permiten al sujeto dar sentido a la realidad e interpretarla. Su “lógica” conforma una red  estructurada  de  informaciones  que  son  difíciles  de  remover  o  cambiar  a  través del trabajo didáctico de los enseñantes. 
El lenguaje que lo vehiculiza es la lengua materna, pocos términos, intercambiables e  imprecisos  conceptualmente.  Para  referirse  a  las  propiedades  de  las  cosas  es posible utilizar las más variadas expresiones, este aspecto lo diferencia del lenguaje técnico-académico donde la precisión conceptual es un  requisito imprescindible.  El saber académico, al contrario del saber cotidiano que trae el alumno al aula, es un  saber  producido  en  los  centros  de  investigación  por  parte  de  los  expertos.  La divulgación  del  mismo  se  hace  a  través  de  informes,  artículos  en  las  revistas especializadas,  congresos  y  seminarios  dirigidos  a  otros  especialistas  del  área, muchas veces a los que comparten el mismo paradigma científico.   Este  saber,  denominado  por  Chevallard  “saber  sabio”  es  un  saber  de  élite,  en  el sentido  que  es  propiedad  de  unos  pocos,  expresado  en  un  lenguaje  muy  preciso conceptualmente, cada  término posee un significado  propio que  hace muy difícil su desplazamiento  a  otros  campos  disciplinares.  Si  esto  ocurre,  la  redefinición  se impone como un paso esencial de ajuste al nuevo lenguaje. 
 El “saber sabio” proviene de un análisis de la realidad  que deliberadamente deja de lado los datos de la percepción directa y, por lo general, contradice el sentido común y la intuición. Sufre transformaciones como consecuencia de la necesidad de hacerse público,  no  sólo  a  nivel  del  colectivo  de  especialistas  de  la  comunidad  científica interesado en la continuidad de las investigaciones en ese campo, sino como proceso natural  de  transmisión  de  saberes  que  hacen  e  identifican  a  la  cultura  de  una sociedad determinada. 
 A los efectos de nuestro análisis señalaremos algunas de las consecuencias derivadas de  la  necesidad  de  divulgar  el  conocimiento.  El  “saber  sabio”  como  contenido  de  publicaciones  adquiere  autonomía  y  rasgos  propios  que  lo  desvinculan  de  sus orígenes. La descontextualización, la despersonalización y la historicidad identifican al  saber  académico  en  las  más  diversas  formas  utilizadas  para  su  publicación  (Chevallard: 1997).   En  la  divulgación  hecha  en  textos  y  manuales  se  observa  a  este  saber  sintetizado  y exento  de  las  vicisitudes  de  la  producción  del  conocimiento  científico.  Se  le  ha quitado  todos  los  caminos  falsos  recorridos  en  la  investigación,  los  errores,  las reflexiones inútiles, se le ha suprimido el conglomerado de motivaciones ideológicas e intereses personales del investigador o equipo de investigación. La búsqueda de la objetividad y neutralidad implica una despersonalización del saber.
Por el mismo motivo se suprime la historia y el contexto general que hay detrás de la producción de un concepto o teoría científica y por el cual el conocimiento adquiere  significatividad y validez social. 
En este sentido se explicitan en las publicaciones métodos de descubrimiento que no se corresponden con los desarrollados por los especialistas. Así se ha observado que el  verdadero  método  de  descubrimiento  es  más  intuitivo  y  menos  riguroso  que  el señalado  en  la  exposición  de  los  manuales  y  textos  de  divulgación  (por  ej.  en  las Ciencias de la Naturaleza las motivaciones finalistas quedan muy bien disimuladas en las publicaciones de los resultados, lo mismo ocurre en las Ciencias Sociales con los problemas ideológicos).
 Se puede afirmar en sentido amplio que se produce un proceso de disimulación de las condiciones  reales  de  producción  científica  originado  por  presiones  e  intereses sociales  y  personales  de  diversa  índole.  La  manipulación  del  conocimiento  puede llegar hasta el ocultamiento o negación del mismo.
Estas  particularidades  del  conocimiento  académico  como  “texto  del  saber”  en  el “sistema  didáctico”,  muy  estudiadas  por  Brousseau  1981  y  Chevallard  1991, relacionadas inicialmente con la enseñanza de las matemáticas,  plantean problemas al  sistema  educativo  formal  uno  de  cuyos  objetivos  es  la  transmisión  del  saber  / conocimiento socialmente válido.
 El  saber  a  enseñar.  Cada  sociedad,  de  acuerdo  a  valoraciones  condicionadas culturalmente,  selecciona  una  parte  del  saber académico  para  ser  transmitido  a  las nuevas  generaciones  en  las  instituciones  educativas  creadas  al  efecto.  Este  saber pasa  a  integrar  el  contenido  curricular  de  determinado  nivel  educativo transformándose así en objeto de enseñanza.
El  ejercicio  de  la  docencia  supone  una  reelaboración  del  objeto  de  enseñanza  a partir de un conocimiento más profundo y extenso acerca del saber académico. Este aprendizaje se realiza generalmente en los manuales de divulgación; pocas veces el docente toma contacto con el conocimiento en vías de constitución y mucho menos con  la  investigación  científica  propiamente  dicha.  Conoce  y  transmite  un  saber objetivo,  neutral,  aséptico  liberado  de  toda  adherencia  ajena  a  lo  “científico”  tal como  ha  sido  plasmado  en  los  manuales  que  lo  acompañaron  en  su  formación profesional.
Como ya hemos mencionado, las transformaciones del objeto de conocimiento con la finalidad de hacerlo un objeto de enseñanza están determinadas por el imperativo de las  condiciones  epistemológicas  y  de  las  concepciones  de  aprendizaje  pero  no debemos  olvidar  otras,  que  han  sido  y  son  temas  de  investigaciones  actuales.
Factores  ligados  al  contexto  social  y  fundamentalmente  al  funcionamiento  de  las instituciones educativas, las relaciones transferenciales y con tratransferenciales que se  ponen  en  juego  en  toda  relación  educativa  institucionalizada,  abren  para  la docencia nuevos caminos con incidencia en la práctica aún no sospechados. 
 Un ejemplo lo constituye la transformación del objeto de conocimiento en objeto de enseñanza.  Esta  adecuación,  necesaria  para  que  se  cumpla  la  función educativa,  es mediatizada siempre por un programa curricular que llega al docente para que, a la vez, lo didáctico atendiendo a las condicionantes concretas del sujeto y/o grupos de aprendizaje. Aún en la enseñanza superior el profesor, responsable de su programa, debe atender los lineamientos generales que se estipulan en los respectivos planes de  estudio si no quiere caer en incoherencias con los fines y objetivos institucionales. La libertad de cátedra no libera al docente universitario de la mediación curricular que es,  en  cierto  modo,  una  forma  de  ejercer  el  control  social  sobre  lo  que  debe  y  no debe ser enseñado en una sociedad particular.
 En  otras  sociedades    con  sistemas  educativos  menos  centralizados  que  el  nuestro,  con  programas  educativos  abiertos,  flexibles  e  incluso  inexistentes  como  es  el  caso de la educación no formal, la propuesta docente nunca está exenta de mediadores y sistemas de control social. Una de las formas de mediación puede estar instalada en el uso de los textos y manuales sugeridos o impuestos como bibliografía obligatoria.
Siempre  nos  encontramos  con  un    conocimiento  mediatizado,  desvirtuado  en  cierta medida  si  comparamos  los  conocimientos/  saberes  provenientes  de  los  centros  de producción  y los que manejan los estudiantes en los distintos niveles educativos.  
 Otro  factor  “olvidado”  en  los  programas  educativos,  y  de  hecho  en  el  saber  a enseñar, es todo lo relativo a la investigación científica y tecnológica. Pocas veces se introduce  como  contenido  curricular  de  la  enseñanza  los  procesos  implícitos  en  la producción  del  conocimiento.  Se  enseña  el  conocimiento  pero  no  se  enseñan  los caminos  de  producción  del  mismo  dejando  al  estudiante  en  una  dependencia  permanente  del  docente  o  del  propio  sistema  educativo.  Algo  similar  ocurre  con  la génesis de los saberes,  proceso ya analizado, denominado de descontextualización.   
Entre  el  conocimiento  académico  valorado  socialmente  y  el  conocimiento experiencial  aportado  por  el  grupo  de  aprendizaje,  valorado  fundamentalmente  por su  aplicabilidad  y  utilidad  en  situaciones  de  vida  concretas,  se  interpone  no  solo  el saber  a  enseñar  (saber  institucionalizado  en  un  programa  )  sino  también  el  saber enseñado o didactizado en una propuesta concreta de aula.   El  saber  didactizado.  Es  un  saber  construido  por  el  docente  en  su  rol  de  docente.
Manejado como hipótesis de trabajo en la planificación es construido y reconstruido permanentemente en la práctica. 
 Cuando  el  profesor  prepara  la  lección  que  dictará    o  el  curso  para  un  grupo-clase determinado está trabajando en y con la transposición didáctica; en otras palabras, redacta  su  propio  “texto  del  saber”  atendiendo  a  las  variables  que  percibe  o  cree percibir  que  afectan  a  la  situación  de  aprendizaje.  El  saber  didactizado  es  el protagonista  principal  del  hecho  educativo  en  el  aula,  objeto  de  la  denominada vigilancia epistemológica, conlleva una serie de connotaciones sociales y valorativas que lo condicionan.
 Veamos  algunos  de  los  principales  caracteres  que  definen  al  saber  enseñado  en  las aulas:        En  la  educación  institucionalizada  es  un  saber  controlado  socialmente  a  través  de     normas  reguladoras  expresadas  generalmente  en  términos  de  aprendizajes  de  los alumnos.  Es  controlado  fundamentalmente  a  través  de  la  evaluación  institucional (inspecciones, orientaciones, sugerencias, exámenes, encuestas, etc). 
Tiene  como  referente  permanente  el  contenido  curricular,  es  objeto  de  la programación  por  parte  del  docente  que  lo  organiza  en  bloques  progresivos ordenados temporalmente (unidades, módulos, epítomes, etc). 
La  ordenación  progresiva  (secuenciación)  en  el  tiempo  del  saber  didactizado  tiene que ver con dos aspectos. Uno de orden legal: los programas establecen el tiempo en  el  cual  se  deben  lograr  determinados  aprendizajes;  otro,  de  orden  lógico:  los contenidos normalmente se organizan según la lógica del conocimiento disciplinar. Al aprendizaje  de  un  concepto  le  sigue  el  de  otro,  en  una  secuencia  de  creciente complejidad.  
Es  muy  difícil  para  el  docente  escapar  de  estos  condicionamientos  programáticos  impuestos  desde  la  institución  misma.  Con  todo  cada  vez  más  se  viene  observando una práctica que intenta romper con los desarrollos lineales del contenido ya sea en la  planificación  como  en  la  práctica  misma. La  enseñanza  a  partir  de problemas,  la contextualización y el tratamiento recursivo del contenido a la hora de ser enseñado abre otras alternativas a la lógica  disciplinar. También la comprensión, por parte del docente,  de  que  el  tiempo  de  enseñanza  y  el  tiempo  de  aprendizaje  no  “corren” naturalmente    en  forma  simultánea  sino  que  hay  que  buscar  situaciones  didácticas que propicien este acercamiento  y, ello no es fácil, es un paso muy importante para el cambio educativo.         
En  esa  confrontación  de  saberes  que  se  produce  en  el  espacio  didáctico  que  es  el aula,  ¿cómo  hacer  evolucionar,  descartar  o  reemplazar  el  saber  cotidiano  para  dar paso  a  concepciones  cada  vez  más  cercanas  al  conocimiento  científico?  He  aquí  el problema  de  la  instrumentación  didáctica  que  implica  demás  de  una  concepción epistemológica  una  concepción  de  aprendizaje.  La  didactización  del  conocimiento conjuga  ambas  concepciones,  aspecto  que  exige  construir  una  metateoría  de  la enseñanza que articule los diversos saberes sobre el acto de enseñar. Una práctica de aula  formativa  y  no  meramente  informativa,  debe  fundarse  en  teorías  educativas engarzadas  en  forma  coherente  a  soportes  científicos  y  filosóficos  que  le  dan sustento y justificación.   Esta  cuestión  de  la  adecuación  y  manejo  por  parte  del  docente  -  como  mediador cultural  -  de  ese  saber  académico  a  las  posibilidades  de  comprensión  -  asimilación del grupo concreto de aprendizaje y toda la problemática que acabamos de esbozar, en  parte,  nos  enfrenta  al  fenómeno  de  la  transposición  didáctica  que  intentaremos conceptuar en el cierre de las reflexiones.   
 LA VIGILANCIA EPISTEMOLOGICA. 
La vigilancia epistemológica ha sido definida por Chevallard  como el control de la “distancia”  que  media  entre  el  objeto  de  conocimiento  y  el  objeto  de  enseñanza.
Distancia  determinada  por  las  transformaciones  que  el  “saber  sabio”  sufre  a  los efectos de ser comprendido por un sujeto o grupo de aprendizaje. 
Muchas  veces  el  saber  enseñado  en  las  aulas,  por  necesidad  de  adecuarlo  a  la comprensión del alumno, se transforma en una caricatura de saber provocando lo que podríamos denominar una ruptura epistemológica. Esta ruptura es fácil de percibir en las Matemáticas y en las Ciencias Físico- Naturales pero es muy difícil en las Ciencias Sociales debido a la multicausalidad de los fenómenos que estudia y a que, tanto en la  producción  como  en  la  transmisión  del  conocimiento,  se  desplazan  con  mayor facilidad juicios de valor, componentes ideológicos, prejuicios, etc. Es evidente que este problema se agudiza  a nivel de la  enseñanza básica. Habría que investigar en qué medida constituye un problema en el bachillerato y en la enseñanza superior.   
Esta preocupación  epistemológica se da, por así decirlo, en dos niveles acarreando a la vez otros tantos problemas conexos:    Por  un  lado,  existe  una  preocupación  epistemológica  que  tiene  que  ver  con  las relaciones entre el saber  “sabio” y el saber incorporado en los currícula educativos. ¿Cuáles  son  los  criterios  que  determinan  la  selección  y  transformaciones  que permiten el pasaje del campo académico al de la enseñanza? En otras palabras cómo se transforma el Saber en objeto de enseñanza? ¿Qué papel juegan en esta selección y adecuación las hipótesis de aprendizaje? Indudablemente esta problemática no sólo es  de  orden  epistemológico  (comunicabilidad  y  actualización  del  conocimiento científico) sino también de política educativa. 
Esta  preocupación  epistemológica  se  traslada  a  la  segunda  transformación:  nos estamos refiriendo a la que sufre el saber como objeto curricular en su adecuación a las  características  propias  de  un  grupo  –  clase  y  que  hemos  denominado  “saber didactizado”. En este caso entran en juego, además de las variables ya señaladas en la transformación del saber académico al saber a enseñar, las variables del contexto social de la comunidad donde se inserta la institución educativa, la institución misma y, fundamentalmente, las características particulares del grupo de aprendizaje. 
Se  produce  por  efecto  de  la  didactización  de  los  saberes  fenómenos  que  podrían identificarse como verdaderas creaciones de “objetos de enseñanza” que poco tienen que  ver  con  el  Saber  académico.  De  hecho  estas  creaciones  pueden  constituir conocimientos  interesantes  como  “los  diagramas  de  Venn”  incorporados  para  la enseñanza  de  las    matemáticas  en  el  ciclo  básico  o  disfunciones  inadecuadas  o erróneas  desde  el  punto  de  vista  conceptual.  A  fin  de  evitar  la  “ruptura epistemológica”  es  preciso  controlar,  por  distintos  mecanismos  evaluativos,  la adecuación o no del saber enseñado o a enseñar con el conocimiento disciplinar que le  dio  origen.  La  inadecuación  puede  provenir  tanto  de  un  desajuste  por “envejecimiento” como por efecto de la descontextualización – contextualización del contenido,  objeto  de  enseñanza,  a  una  situación  particular.  En  ambos  casos,  la distancia  entre  el  objeto  de  saber  y  el  objeto  de  enseñanza  es  tan  grande  que  no llega a justificar la tarea de la institución educativa. En este campo las instituciones en general y el docente en particular juegan un rol de capital importancia.
 LA TRANSPOSICIÓN DIDÁCTICA. 
Está  claro  que  los  cuestionamientos  y  análisis  de  las  concepciones  y  preconceptos que  traen  los  estudiantes,  esquemas  mentales  de  reflexión  adecuados  o  no, condicionan  la  apropiación  y  transferencia  de  los  conocimientos  científicos curriculares  o  no.  De  la  propuesta  didáctica  (cómo  hacer  la  transferencia), dependerá indudablemente la cantidad y la calidad de la información, además, de la reconstrucción - producción del conocimiento por parte del alumno.
 Si  el  docente  trae  al  aula  una  propuesta  didáctica  centrada  en  la  transmisión seguramente  habrá  un  mejor  y  más  ajustado  manejo  conceptual  de  los  contenidos curriculares.  El  valor  científico  de  la  información  que  circula  en  el  aula  dependerá fundamentalmente  de  la  capacitación  didáctica  y  del  dominio  del  objeto  de conocimiento que tenga el docente como experto en la disciplina. Desde el punto de vista  del  aprendizaje  promovido  en  los  estudiantes  quedará  limitado  al  interés especial  por  la  temática  y  a  una  circunstancial  capacidad  para  la  retención  - asimilación de los contenidos expuestos por el profesor.
 En  cambio,  en  una  propuesta  de  trabajo  didáctico  con  mayor  compromiso  y participación  del  grupo-clase  (trabajo  en  grupos,  talleres,  etc)  las  posibilidades  de monitoreo del aprendizaje tanto del docente como de los propios alumnos aumenta  considerablemente. En este caso se aseguran mejores aprendizajes desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo. 
Para  transmitir  un  saber  es  necesario  crear  un  método  de  enseñanza  ya  que  no  es suficiente  saber  hacer  una  cosa  para  saber  enseñarla,  salvo  que  se  piense  en  un aprendizaje  tradicional  por  mera  imitación.  El  experto  en  un  dominio  del conocimiento  no  es  siempre  el  mejor  docente  en  ese  dominio,  tiene  que  saber  y saber  “transponer”  (en  el  sentido  de  promover  aprendizajes  significativos).  La transposición  didáctica  designa  precisamente  el  conjunto  de  las  transformaciones que  sufre  un  saber  a  fin  de  ser  enseñado  y  esto  requiere  un  mínimo  de  pericia pedagógica. 
“Un contenido de saber que ha sido designado como saber a enseñar, sufre a partir de  entonces  un  conjunto  de  transformaciones  adaptativas  que  van  a  hacerlo  apto para ocupar un lugar entre los objetos de enseñanza. El “trabajo” que transforma un objeto  de  saber  a  enseñar  en  un  objeto  de  enseñanza,  es  denominado  la transposición didáctica.” (Chevallard,  1997: 45). 
La  actividad  que  desarrolla  el  docente  para  adecuar  el  saber  de  manera  tal  que pueda  ser  comprendido  por  los  alumnos  lleva  consigo  una  serie  de  problemas  que evidencian  las  relaciones  del  sistema  educativo  con  la  sociedad.  Mediante  la instrumentación  didáctica  el  saber  es  fragmentado,  dosificado  graduando  las dificultades  para  trabajarlas  en  secuencias  temporales  que  marcan,  a  criterio  del docente,  un  avance  en  el  contenido  disciplinar  a  transmitir.  Esto  supone indudablemente una “deformación”,  un “envejecimiento”, una fosilización del saber didactizado  que  lo  aleja  cada  vez  más  de  las  fuentes.  Se  dice  que  la  conciencia didáctica es por naturaleza cerrada o que tiende a cerrarse cuando logra construir un “objeto  de  enseñanza”  con  lógica  propia  que  lo  hace  creíble;  quizás  aquí  se encuentre la explicación de por qué cuesta tanto cambiar en educación. 
 En circunstancias extremas la sociedad “presiona” al sistema educativo cuando en las aulas  se  manejan  saberes  banalizados,  demasiado  alejados  del  saber  disciplinar  y, como  consecuencia,  carentes  de  significatividad  social.  En  estos  casos  el  sistema entra en “crisis”. Para salir de ese estado es necesario volver  al saber académico y retomarlo  en  un  nuevo  punto  de  avance  distanciándolo  del  saber  que  circula  en  la comunidad.  La  actualización  disciplinar  incorporada  en  los  programas  le  provee  de nuevos elementos revitalizando, de esa manera, el sistema educativo (objeto de las reformas  educativas  que  no  solo  deben  incorporar  nuevos  contenidos  sino  nuevos enfoques y una reconceptualización del para qué y a quién están dirigidos). 
“La  transposición  didáctica  tiene  lugar  cuando  pasan  al  saber  enseñado  elementos del saber.” (Chevallard, 1997: 25) 
Si  la  transposición  didáctica  designa  las  transformaciones  que  se  producen  en  el proceso o pasaje del conocimiento científico a los contenidos enseñados en las aulas es evidente que el profesor juega un rol de capital importancia. Es el responsable del manejo  tensional  entre  el  saber  comprensible  para  el  alumno  y  el  saber  de  los expertos. La toma de conciencia de la puesta en camino hacia un saber que en cada nivel del proceso educativo se aproxime más y más al "saber sabio" lo lleva a manejar en  la  lógica  de  la  disciplina  las  “invariantes”  que  deberá  conservar  a  fin  de  no vulgarizar el conocimiento y las “variaciones” indispensables para su didactización.
Entre otros aspectos, debemos señalar la necesidad de despertar en el alumnado un interés permanente por el contenido de la enseñanza a través del recurso pedagógico de  presentar  siempre  “algo  nuevo  e  interesante”.  Está  en  la  profesionalidad  del docente la dosificación de “lo nuevo” para que el estudiante se encuentre motivado para aprender; en este sentido el profesor ejerce un dominio sobre “el contenido que va a venir” en el proceso de enseñanza  y lo capitaliza positivamente en la puesta en escena  en  la  que  se  transforma  el  dictado  de  la  clase.  La  conciencia  didáctica  se cierra  en  una  ficción  que  hace  vivenciar  como  verdadero  un  conocimiento  que indudablemente ha sido “deformado” para ser comprendido.  
“En  el  transcurso  de  una  carrera  ya  larga  y  variada,  jamás  he  visto  a  un  educador cambiar  de  método  de  educación.  Un  educador  no  tiene  el  sentido  del  fracaso, precisamente porque se cree un maestro. Quien enseña  manda.” (Bachelard. p: 21). 
Es interesante ver como juega el poder del Saber en el “sistema didáctico”. Mientras el profesor dispone de un poder que se asienta en un “plus” de conocimientos que, incluso, legitima su función en la medida que se siente por encima del saber de sus alumnos, el estudiante  hace uso y así lo demuestra  en cada oportunidad que  tiene, de los saberes que ha incorporado. Si la fortaleza del alumno está en el dominio de los  conocimientos  “dados”,  la  del  profesor  se  apoya  en  el  saber  “potencial”  que posee.  El  dictado  de  la  clase  (hacer  la  transposición)  implica  vivir  en  presente  el ejercicio de dichos poderes que se manifiestan en un juego tensional “pasado-futuro; estas tensiones fácilmente pueden percibirse en la forma como se lleva adelante las relaciones pedagógicas entre el docente y los alumnos y los alumnos entre sí.     

Por otro lado, el funcionamiento del dispositivo didáctico lleva a la producción de un saber para su propio autoabastecimiento. Se impone  aquí, por imperio de una ética profesional, la necesidad de desarrollar procesos de reflexión sobre la práctica para iluminar la diferencia allí donde, momentáneamente, ha sido negada por el docente por efecto de la didactización.  Hay que recordar que la transposición didáctica sólo se  produce  cuando  pasan  elementos  del  saber  académico  al  saber  enseñado  en  las aulas,  de  lo  contrario  no  se  estaría  en  condiciones  de  responder  a  las  necesidades didácticas  de  la  sociedad  que  en  última  instancia  es  quien  justifica  la  existencia misma de las instituciones educativas.  

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